David Ernesto Pérez
Nadie (o casi nadie) te enseña a conversar con un secuestrador
Bajamos arrastrándonos, casi como hormigas enloquecidas ante los embates de una tormenta monzónica, por una leve escarpada delimitada con cintas amarillas. Una nube de humo azul se esparce en el aire, los pulmones se agrietan y la respiración se ensancha angustiada. ¡Agachados, agachados que les van a disparar! grita una voz mientras avanzamos. En los árboles están los tiradores parapetados. ¿O están también en el suelo, como nosotros? Se escuchan ráfagas cortas, metálicas, secas. Empiezan a llover a goterones caseros de tuberías rotas. Seguimos y entramos al pasillo azulado de la Santa Muerte. Suena hip hop. En las paredes plásticas hay fotografías de pandilleros mirándolo todo amenazadoramente desde la falsa impunidad de sus tatuajes.
Salimos del pasillo y llegamos, en medio de las balas de pintura que arrecian, a guarecernos todos bajo un árbol.
El ejercicio ha terminado.
Esa fue una de las tareas del día uno del tercer nivel del programa Riesgo Cruzado. La jornada había iniciado a las seis de la mañana del 27 de enero de 2023 con la enseñanza de los primeros auxilios en los siguientes casos:
1. Lesiones en la médula espinal que pueden ser: incompletas implicando la permanencia de una relativa o cierta capacidad de movimiento; paraplejia, que afecta principalmente el tronco, las piernas y los conocidos como órganos pélvicos; completa, que es cuando se ha perdido la sensibilidad. Las causas más frecuentes para estas lesiones son los accidentes de tránsito, las caídas, tener entre 16 a 30 años —porque las actividades físicas suelen ser más frecuentes e inconsecuentes—, tener más de 60 años —porque los huesos son más frágiles— y ser macho, es decir, aventarse a levantar pesos para creerse hombre.
¿Qué debemos hacer en caso un colega periodista, o cualquier otra persona, presente indicios de una lesión de este tipo? Lo primero: usar el equipo de protección, asegurar la escena, hacer la evaluación física primaria y secundaria, no moverlo a menos que haya peligro de muerte, hablarle, entre otros.
2. Desmayos: es la pérdida del conocimiento como consecuencia de la disminución del flujo sanguíneo al encéfalo. Puede tener como antesala una sudoración excesiva, palidez, entre otros. Para evitarlos o frenarlos hay que tensionar el cuerpo, hacer sentadillas y otros.
3. Estado de shock: suele ocurrir después de un evento traumático y la persona puede presentar dolor en el pecho o el cuello, dificultad para respirar, náuseas, temblores, confusión o mirada perdida. Para ayudar hay que asegurar la escena, conversar, hacer una bitácora de los hechos, no acercarse si la persona se ha tornado violenta.
Al día siguiente, a las siete de la mañana, volvimos a encontrarnos con el maestro Santiago Ruiz, conocido en el mundillo de Riesgo como Poncho, con quien en el aula recordamos los principios básicos de la estrategia de defensa para los periodistas: movilidad, flexibilidad, entre otros. Después, en el campo, aprendimos a defendernos en caso de un ataque con un cuchillo y con una tonfa.
Pero también aprendimos otros trucos para iniciar el escape en caso de una privación de libertad. El primero fue cómo romper, con la fuerza de las manos y la parte baja de los pectorales, una atadura con cinta; después esa misma atadura, pero con una cinta de zapato anudada de forma que, por medio de la fricción, la atadura ceda; y, finalmente, pero mucho más complicado, abrir esposas con ganchos para pelo.
En la tarde Francisco nos recordó los movimientos básicos con los que podemos desplazarnos para evitar ser tomados de frente en caso de un ataque desde mediada y larga distancia. Después vino lo más difícil de la jornada de ese fin de semana.
Volvimos a movilizarnos en grupo por el terreno completo. Bajamos la breve escarpada. Había más tiradores que el día anterior y las balas de pintura cayendo en la cabeza y brazos nos aturdían. Descendimos rápidamente por el terreno y encontramos a los primeros heridos.
Al grupo con el que trabajé le tocó atender a un colega con una quemadura en la espalda y una lesión en la pierna derecha. Lo atendimos y subimos. En el camino nos detuvieron unos tiradores y nos pidieron los acreditaciones de periodistas. Nos retuvieron varios minutos que se volvieron eternos. Sacaron a unos compañeros del grupo y nos ordenamos a los demás seguir adelante.
Llegamos con los heridos a un punto seguro. Nuestro grupo comenzó a contar a sus miembros. Estábamos completos. Edgar y Francisco preguntaron: ¿están todos? Los demás comenzaron a contar a los suyos.
Faltaban cuatro colegas. Cuatro colegas que habían sido secuestrados.
Empezaron las miradas. Las preguntas. En el horizonte se escuchaban ráfagas.
De pronto dos de los cuatro secuestradores llegaron a la zona segura. Habían escapado usando las técnicas que habíamos aprendido en la mañana. Todos corrimos a preguntarles qué había pasado con los demás, pero aseguraron no saber nada, no haber visto nada.
Al teléfono de Edgar cayó la primera llamada. La mayoría no alcanzamos a saber quién llamada, si era hombre o mujer, pero exigió hablar inmediatamente con uno de los que escaparon. Su respuesta fue horrorosa, indigna.
El colega se negó a participar en la negociación del rescate y aconsejó al secuestrador hablar con la empresa en la que trabaja una de las víctimas. Simple. Y colgó.
Todos quedamos atónitos, pero en ese momento no supimos dimensionar las palabras de desprecio al colega secuestrado que había proferido el escapista proditorio.
Siguieron cayendo llamadas. En una de ellas alcancé a oír la voz de una mujer que se identificó como Maya. Ella solo quería entregar a los secuestrados porque la llegada de los periodistas había puesto en peligro la comunidad.
Parecía simple, pero a todos nos pareció que había una trampa. Y sí: ella estaba con los secuestradores. Todos estuvimos de acuerdo en que lo que se imponía, para acceder a ir a rescatar a los colegas, era pedir una prueba de vida. No hubo tal.
Después de un par de llamadas más dos colegas fueron por los secuestrados y volvieron con ellos.
El mensaje fue: no se puede llegar a una comunidad, ponerla en riesgo y, encima, creer que el ego de periodista es lo más importante.
No somos más importantes que la realidad y que las víctimas. Me quedo con eso como brújula.